23 enero 2012


Senderos de tierra roja, amarilla y negra, como el carbón usado en las lumbres. A la orilla del camino; pinos, musgo e insectos batallando con las bellotas. Búhos duermen y lobos acechan. Hace frío y la niebla, blanda y espumosa, se hace fuerte en las cumbres. La ruidosa brisa ronzándose con la resina. Caminos de herradura que arañan montañas y terminan en refugios ocultos por la maleza. Aposentos de pastores y atalayas naturales que el tiempo y la erosión hicieron a su antojo. Lugares para los sudores fríos, si la fiebre es el culmen de trece días de tormenta. O sitios para la risa tonta. Trochas de cabras que serpentean montes, cuevas ganadas a la piedra, costillares esperando a la carroña, desvencijados acueductos que ya sólo transportan aire. Energúmenos pedruscos que como migas se extraviaron de su pan; una hogaza gigante de millones de toneladas de caliza moldeada por el agua y los vientos. La Sierra calcárea habitada desde el calcolítico. Un pliegue simbólico y místico de la gran tela que cubre el planeta. Nuestra ropa hogareña que nos abriga del fuego, que bajo nuestros pies, ruge.

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